sábado, 29 de mayo de 2010

Jorge Fernández Díaz ¿Profundizar el proyecto revolucionario o reinventar la democracia? Kirchnerismo bolivariano del siglo XXI



Jorge Fernández Díaz ¿Profundizar el proyecto revolucionario o reinventar la democracia?

Kirchnerismo bolivariano del siglo XXI

Jorge Fernández Díaz
Para LA NACION


Sábado 29 de mayo de 2010 | Publicado en edición iNéstor Kirchner fue originalmente un joven e intrascendente militante estudiantil. Después pasó por la derecha peronista y desembocó en el peronismo renovador. Fue en algunos tiempos menemista y en otros un cavallista cabal: con el verdadero padre de la criatura hizo una alianza política importante. Su relación con Domingo Cavallo siempre fue buena, pública y estrecha. Ya en la Casa Rosada, se decía desarrollista, al igual que Mauricio Macri y Elisa Carrió.
¿Se le puede adjudicar, por lo tanto, una ideología a Néstor Kirchner? Hasta ahora yo creía que no, que su ideología era el poder. Sin embargo, últimamente algunas evidencias van demostrando que el desarrollo de la acción política con sus triunfos y derrotas, con la generación de aliados y enemigos, va llenando de contenido cualquier frasco vacío.
Por necesidad o coartada, Kirchner fue arropando sus actos de gobierno con una determinada ideología, y aunque al principio fue más oportunismo que convicción, con el correr del tiempo el contagio se hizo inevitable. Un simulador al final se convierte en lo que simula. Uno no sólo es lo que es sino muy principalmente lo que hace, y también con quién recorre ese camino. Así como antes no le habían interesado lo más mínimo las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o los intelectuales progresistas, a quienes luego utilizó como escudos humanos, con el paso de los años se fue impregnando de sus argumentos y simpatizando con esas ideas primigenias que había sabido olvidar para ser simplemente peronista.
La primera vez que tomé un café con un ministro de la mesa chica de los Kirchner, ese funcionario que había estado toda la vida junto al entonces presidente de la Nación y que hoy sigue junto a él con tanta fe como el primer día hizo una caracterización muy precisa de sí mismo. El era lo que siempre fue: un peronista clásico. "Pero Néstor nunca fue monto ni filomonto, ni muy amante del peronismo -me dijo, buscando desesperadamente una definición ideológica del jefe, la idea original que había formateado su disco rígido-. Néstor era, era, a ver..." Yo tuve un relámpago de clarividencia, entre tanto balbuceo, y lo ayudé: "La izquierda nacional -dije-. El querido y brillante Jorge Abelardo Ramos". El ministro chasqueó los dedos como si yo hubiera encontrado una perla. "¡Exactamente eso! -me confirmó-. La izquierda nacional."
Esta corriente política proviene del trotskismo, pero se reconvirtió completamente en lo que después se denominó "socialismo criollo". Una corriente que acompañó al peronismo, como una lancha sigue de cerca un portaaviones, en un apoyo crítico, pero convencida de que el movimiento de Juan Perón tenía el proletariado y que junto con él había que formar un frente nacional antiimperialista, propender a la unión latinoamericana y enfrentar a los cómplices locales (cipayos) de la dependencia: éstos podían ser los conservadores, los radicales, los comunistas e incluso otros socialistas que no acordaran con la visión "nacional" de esa izquierda. El partido era pequeño, pero su argumentación se volvió transversal en los 70 y sobrevivió a través de las décadas como una cultura vasta y firme.
Antes de la irrupción de Ernesto Laclau, que legalizó la palabra "populista", los nacionalistas de izquierda rechazaban ese término. Ahora aceptan que el populismo es una praxis política que no respeta ideologías: Bush, para el caso, era tan populista como Perón. Pero por encima de toda esta disquisición lingüística y operativa lo cierto es que los nacionalistas siguen defendiendo su particular identidad. La cuestión central no es, entonces, disfrazar con más palabras lo que en realidad se puede llamar por su nombre: Néstor Kirchner practica una suerte de nacionalismo de izquierda, que Hugo Chávez denomina el "socialismo del siglo XXI". Chávez es un nacionalista nato, y los pequeños partidos de la izquierda nacional de la Argentina lo reconocieron antes que nadie. O al menos en forma simultánea con las fuerzas carapintadas, que también tenían ese halo de nacionalismo militar, reivindicatorio de la Guerra de Malvinas y heredero de una tradición que entronizó en el poder a los generales y coroneles de 1943.
El nacionalismo de izquierda, que excede, obviamente, a Ramos y que se asoció al revisionismo histórico y a figuras como Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, se interna en una amplia tradición argentina arraigada dentro de distintas fuerzas y concibe su empresa como una lucha permanente entre un campo popular y la partidocracia. De hecho, divide toda la historia en dos: desde 1810 hasta la fecha la gran puja argentina ha sido entre nacionalistas y liberales. Así piensa, concretamente, el ministro de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, que fue un fervoroso acólito de Ramos y que hoy explica bien lo que Carta Abierta explica mal. También Laclau, que antes de ser el pensador de cabecera de los Kirchner fue un entusiasta militante de Abelardo Ramos.
Esa división entre nacionalistas y liberales nada tiene que ver con otras divisiones perimidas, como peronistas y radicales o izquierdas y derechas. De hecho, en el nacionalismo hay peronistas, radicales, izquierdistas y derechistas. También los hay en el campo antagónico. La izquierda, sin ir más lejos, se divide muy claramente en tres segmentos: la propiamente dicha hasta el Partido Obrero, la kirchnerista en sus múltiples expresiones y esa fuerza fantasmal e inarticulada que forman socialistas santafecinos, alfonsinistas, peronistas de los años 80 e intelectuales inorgánicos: socialdemócratas. Entre estas dos últimas tendencias hay franjas de indefinición, como las hay en aquellas millas náuticas donde se mezclan el Río de la Plata y el océano Atlántico. Más adelante, sin embargo, es muy claro que uno es marrón intenso y el otro es azul.
Ultimamente he escuchado de varios militantes kirchneristas este concepto: "Néstor Kirchner es sólo el instrumento del campo popular. Está lleno de defectos, pero eso no viene al caso. Es la gran ola de la historia la que pasa y no se detiene en los detalles. Néstor viene a dar esta lucha de siempre por la liberación y contra la dependencia".
Esa divisoria de aguas termina con amistades y buenas vecindades del pasado, y esta concepción movimientística e histórica hace pensar en una idea vieja y contradictoria: la revolución en democracia. Entiéndase por democracia, en esta visión nacionalista, sólo el derecho a votar y el mantenimiento a regañadientes de ciertas instituciones. Una "revolución nacional" no se detiene en cuestión de formas republicanas, ni en formalidades judiciales o de libertad de expresión. Es por eso que el kirchnerismo se permite a sí mismo violar muchas normas democráticas que considera frenos para una causa mayor. Y es también por todo eso que el problema de la corrupción se hace menor frente a lo que hay en juego: la construcción de "un verdadero país independiente".
Estamos hablando, como se verá, de un sistema de pensamiento revolucionario, que lleva el traje democrático con incomodidad. Al fin y al cabo, la democracia es un sistema opuesto, producto de las grandes corrientes liberales. Ese último término (liberal), que ha sido desprestigiado hasta el cansancio por políticas ineficaces y corruptas, complicidad con dictaduras y finalmente con el fracaso del Consenso de Washington, poco tiene que ver con el liberalismo como filosofía política surgido de la Revolución Francesa y de las luces. España, después de nacionalismos de derecha y de republicanos en guerra y de miles de muertos, logró construir un sistema liberal donde la izquierda (el PSOE) y la derecha (el PP) son capaces de gobernar alternativamente sin destruir la democracia.
La socialdemocracia europea y también mucha de la latinoamericana (Chile, Uruguay, Brasil) ha logrado desde esa posición el progreso y la libertad. El chavismo las ve como expresiones de la derecha (serían, a lo sumo, la izquierda liberal y reformista) frente al gran movimiento bolivariano, en el que incluye a Evo Morales, Rafael Correa y el matrimonio Kirchner. Unos son socialdemócratas y otros son nacionalistas. Los dos expresan la oposición al Consenso de Washington, pero con estilos diferentes. Unos profundizan la democracia, otros viven en estado de revolución.
No estamos hablando, claro está, de una verdadera revolución en los términos absolutos y clásicos, sino de un proceso político que se autopercibe como revolucionario y que ha logrado instalar esa idea en el imaginario de crecientes segmentos de la grey universitaria.
Revolución y democracia son dos palabras que en nuestro país tienen buena prensa. Pero me temo que no se puede servir a dos banderas a la vez y que al final siempre se vuelven incompatibles. Los argentinos tarde o temprano van a tener que elegir entre una y otra palabra. Porque la crisis de 2001 era más profunda de lo que creíamos. Ya no existen peronistas y antiperonistas, ni peronistas versus radicales, ni izquierdas contra derechas. Hoy está instalada en nuestro país una discusión simbólica y asordinada entre revolución y democracia. Así de simple, y así de complejo.
Es notorio cómo el proyecto kirchnerista fue variando. En un comienzo, se veía a sí mismo como un partido reformista de centroizquierda que soportaba la hipotética alternancia de uno de centroderecha. Pero con los años y las batallas, y la desesperación por no perder el poder, los kirchneristas comenzaron a hablar del peligro de una "restauración conservadora". Ese término implica de por sí la imposibilidad de una alternancia pacífica, puesto que si la gran amenaza es una "restauración" lo que se impone es una "resistencia patriótica contra el entreguismo" a todo o nada. Se trata de un dramatismo revolucionario alejado de cualquier atisbo de consenso, y que como toda epopeya prendió rápidamente en nuevas generaciones politizadas de la pequeña burguesía. Esos jóvenes son más kirchneristas que Kirchner, a quien consideran un simple piloto del gran buque nacional. Y están seguros de que esta "revolución" necesita profundizarse día a día y sostenerse en el tiempo. Un tercer, cuarto y hasta quinto mandato de los Kirchner les suena, obviamente, no sólo lógico y aceptable, sino imprescindible para garantizar esta "revolución inconclusa". "No hay vuelta atrás", dictaminaron hace unos días los intelectuales kirchneristas, quemando las naves.
La situación se vuelve inquietante si se piensa que a una "revolución" no la puede seguir un partido, sino la refundación épica del mismísimo sistema democrático, hundido hace nueve años por una implosión de la economía. Un verdadero líder de la oposición que quisiera tener alguna chance frente a semejante mística debería quizá pensar menos en cuestiones programáticas coyunturales y en divergencias ideológicas dentro del espectro político (cualquier partido tiene ala derecha e izquierda) y pensar más en propalar el regreso de los argentinos a una democracia plena después de años de democracia manca y condicionada vivida bajo emoción violenta. Y garantizarle, de paso, a la sociedad electoral que no echará abajo, una vez más, a pico y pala los logros de la actual administración, que los tiene y son muchos.
Ese gesto democrático, si fuera exitoso en las urnas, reencauzaría al mismísimo nacionalismo, que tal vez sería obligado así a jugar de nuevo el juego bipartidista, los acuerdos de políticas de Estado y una vida cívica con menos divisiones, ataques, represalias económicas, golpes de mano, violaciones institucionales y lenguaje bélico. © LA NACION
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Sábado 29 de mayo de 2010 | Publicado en edición impresa 
  •  a Néstor Kirchner? Hasta ahora yo creía que no, que su ideología era el poder. Sin embargo, últimamente algunas evidencias van demostrando que el desarrollo de la acción política con sus triunfos y derrotas, con la generación de aliados y enemigos, va llenando de contenido cualquier frasco vacío.
Por necesidad o coartada, Kirchner fue arropando sus actos de gobierno con una determinada ideología, y aunque al principio fue más oportunismo que convicción, con el correr del tiempo el contagio se hizo inevitable. Un simulador al final se convierte en lo que simula. Uno no sólo es lo que es sino muy principalmente lo que hace, y también con quién recorre ese camino. Así como antes no le habían interesado lo más mínimo las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o los intelectuales progresistas, a quienes luego utilizó como escudos humanos, con el paso de los años se fue impregnando de sus argumentos y simpatizando con esas ideas primigenias que había sabido olvidar para ser simplemente peronista.
La primera vez que tomé un café con un ministro de la mesa chica de los Kirchner, ese funcionario que había estado toda la vida junto al entonces presidente de la Nación y que hoy sigue junto a él con tanta fe como el primer día hizo una caracterización muy precisa de sí mismo. El era lo que siempre fue: un peronista clásico. "Pero Néstor nunca fue monto ni filomonto, ni muy amante del peronismo -me dijo, buscando desesperadamente una definición ideológica del jefe, la idea original que había formateado su disco rígido-. Néstor era, era, a ver..." Yo tuve un relámpago de clarividencia, entre tanto balbuceo, y lo ayudé: "La izquierda nacional -dije-. El querido y brillante Jorge Abelardo Ramos". El ministro chasqueó los dedos como si yo hubiera encontrado una perla. "¡Exactamente eso! -me confirmó-. La izquierda nacional."
Esta corriente política proviene del trotskismo, pero se reconvirtió completamente en lo que después se denominó "socialismo criollo". Una corriente que acompañó al peronismo, como una lancha sigue de cerca un portaaviones, en un apoyo crítico, pero convencida de que el movimiento de Juan Perón tenía el proletariado y que junto con él había que formar un frente nacional antiimperialista, propender a la unión latinoamericana y enfrentar a los cómplices locales (cipayos) de la dependencia: éstos podían ser los conservadores, los radicales, los comunistas e incluso otros socialistas que no acordaran con la visión "nacional" de esa izquierda. El partido era pequeño, pero su argumentación se volvió transversal en los 70 y sobrevivió a través de las décadas como una cultura vasta y firme.
Antes de la irrupción de Ernesto Laclau, que legalizó la palabra "populista", los nacionalistas de izquierda rechazaban ese término. Ahora aceptan que el populismo es una praxis política que no respeta ideologías: Bush, para el caso, era tan populista como Perón. Pero por encima de toda esta disquisición lingüística y operativa lo cierto es que los nacionalistas siguen defendiendo su particular identidad. La cuestión central no es, entonces, disfrazar con más palabras lo que en realidad se puede llamar por su nombre: Néstor Kirchner practica una suerte de nacionalismo de izquierda, que Hugo Chávez denomina el "socialismo del siglo XXI". Chávez es un nacionalista nato, y los pequeños partidos de la izquierda nacional de la Argentina lo reconocieron antes que nadie. O al menos en forma simultánea con las fuerzas carapintadas, que también tenían ese halo de nacionalismo militar, reivindicatorio de la Guerra de Malvinas y heredero de una tradición que entronizó en el poder a los generales y coroneles de 1943.
El nacionalismo de izquierda, que excede, obviamente, a Ramos y que se asoció al revisionismo histórico y a figuras como Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, se interna en una amplia tradición argentina arraigada dentro de distintas fuerzas y concibe su empresa como una lucha permanente entre un campo popular y la partidocracia. De hecho, divide toda la historia en dos: desde 1810 hasta la fecha la gran puja argentina ha sido entre nacionalistas y liberales. Así piensa, concretamente, el ministro de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, que fue un fervoroso acólito de Ramos y que hoy explica bien lo que Carta Abierta explica mal. También Laclau, que antes de ser el pensador de cabecera de los Kirchner fue un entusiasta militante de Abelardo Ramos.
Esa división entre nacionalistas y liberales nada tiene que ver con otras divisiones perimidas, como peronistas y radicales o izquierdas y derechas. De hecho, en el nacionalismo hay peronistas, radicales, izquierdistas y derechistas. También los hay en el campo antagónico. La izquierda, sin ir más lejos, se divide muy claramente en tres segmentos: la propiamente dicha hasta el Partido Obrero, la kirchnerista en sus múltiples expresiones y esa fuerza fantasmal e inarticulada que forman socialistas santafecinos, alfonsinistas, peronistas de los años 80 e intelectuales inorgánicos: socialdemócratas. Entre estas dos últimas tendencias hay franjas de indefinición, como las hay en aquellas millas náuticas donde se mezclan el Río de la Plata y el océano Atlántico. Más adelante, sin embargo, es muy claro que uno es marrón intenso y el otro es azul.
Ultimamente he escuchado de varios militantes kirchneristas este concepto: "Néstor Kirchner es sólo el instrumento del campo popular. Está lleno de defectos, pero eso no viene al caso. Es la gran ola de la historia la que pasa y no se detiene en los detalles. Néstor viene a dar esta lucha de siempre por la liberación y contra la dependencia".
Esa divisoria de aguas termina con amistades y buenas vecindades del pasado, y esta concepción movimientística e histórica hace pensar en una idea vieja y contradictoria: la revolución en democracia. Entiéndase por democracia, en esta visión nacionalista, sólo el derecho a votar y el mantenimiento a regañadientes de ciertas instituciones. Una "revolución nacional" no se detiene en cuestión de formas republicanas, ni en formalidades judiciales o de libertad de expresión. Es por eso que el kirchnerismo se permite a sí mismo violar muchas normas democráticas que considera frenos para una causa mayor. Y es también por todo eso que el problema de la corrupción se hace menor frente a lo que hay en juego: la construcción de "un verdadero país independiente".
Estamos hablando, como se verá, de un sistema de pensamiento revolucionario, que lleva el traje democrático con incomodidad. Al fin y al cabo, la democracia es un sistema opuesto, producto de las grandes corrientes liberales. Ese último término (liberal), que ha sido desprestigiado hasta el cansancio por políticas ineficaces y corruptas, complicidad con dictaduras y finalmente con el fracaso del Consenso de Washington, poco tiene que ver con el liberalismo como filosofía política surgido de la Revolución Francesa y de las luces. España, después de nacionalismos de derecha y de republicanos en guerra y de miles de muertos, logró construir un sistema liberal donde la izquierda (el PSOE) y la derecha (el PP) son capaces de gobernar alternativamente sin destruir la democracia.
La socialdemocracia europea y también mucha de la latinoamericana (Chile, Uruguay, Brasil) ha logrado desde esa posición el progreso y la libertad. El chavismo las ve como expresiones de la derecha (serían, a lo sumo, la izquierda liberal y reformista) frente al gran movimiento bolivariano, en el que incluye a Evo Morales, Rafael Correa y el matrimonio Kirchner. Unos son socialdemócratas y otros son nacionalistas. Los dos expresan la oposición al Consenso de Washington, pero con estilos diferentes. Unos profundizan la democracia, otros viven en estado de revolución.
No estamos hablando, claro está, de una verdadera revolución en los términos absolutos y clásicos, sino de un proceso político que se autopercibe como revolucionario y que ha logrado instalar esa idea en el imaginario de crecientes segmentos de la grey universitaria.
Revolución y democracia son dos palabras que en nuestro país tienen buena prensa. Pero me temo que no se puede servir a dos banderas a la vez y que al final siempre se vuelven incompatibles. Los argentinos tarde o temprano van a tener que elegir entre una y otra palabra. Porque la crisis de 2001 era más profunda de lo que creíamos. Ya no existen peronistas y antiperonistas, ni peronistas versus radicales, ni izquierdas contra derechas. Hoy está instalada en nuestro país una discusión simbólica y asordinada entre revolución y democracia. Así de simple, y así de complejo.
Es notorio cómo el proyecto kirchnerista fue variando. En un comienzo, se veía a sí mismo como un partido reformista de centroizquierda que soportaba la hipotética alternancia de uno de centroderecha. Pero con los años y las batallas, y la desesperación por no perder el poder, los kirchneristas comenzaron a hablar del peligro de una "restauración conservadora". Ese término implica de por sí la imposibilidad de una alternancia pacífica, puesto que si la gran amenaza es una "restauración" lo que se impone es una "resistencia patriótica contra el entreguismo" a todo o nada. Se trata de un dramatismo revolucionario alejado de cualquier atisbo de consenso, y que como toda epopeya prendió rápidamente en nuevas generaciones politizadas de la pequeña burguesía. Esos jóvenes son más kirchneristas que Kirchner, a quien consideran un simple piloto del gran buque nacional. Y están seguros de que esta "revolución" necesita profundizarse día a día y sostenerse en el tiempo. Un tercer, cuarto y hasta quinto mandato de los Kirchner les suena, obviamente, no sólo lógico y aceptable, sino imprescindible para garantizar esta "revolución inconclusa". "No hay vuelta atrás", dictaminaron hace unos días los intelectuales kirchneristas, quemando las naves.
La situación se vuelve inquietante si se piensa que a una "revolución" no la puede seguir un partido, sino la refundación épica del mismísimo sistema democrático, hundido hace nueve años por una implosión de la economía. Un verdadero líder de la oposición que quisiera tener alguna chance frente a semejante mística debería quizá pensar menos en cuestiones programáticas coyunturales y en divergencias ideológicas dentro del espectro político (cualquier partido tiene ala derecha e izquierda) y pensar más en propalar el regreso de los argentinos a una democracia plena después de años de democracia manca y condicionada vivida bajo emoción violenta. Y garantizarle, de paso, a la sociedad electoral que no echará abajo, una vez más, a pico y pala los logros de la actual administración, que los tiene y son muchos.
Ese gesto democrático, si fuera exitoso en las urnas, reencauzaría al mismísimo nacionalismo, que tal vez sería obligado así a jugar de nuevo el juego bipartidista, los acuerdos de políticas de Estado y una vida cívica con menos divisiones, ataques, represalias económicas, golpes de mano, violaciones institucionales y lenguaje bélico. © LA NACION

jueves, 20 de mayo de 2010

Los indicadores declinantes que explican la ofensiva de Moreno - lanacion.com

Los indicadores declinantes que explican la ofensiva de Moreno - lanacion.com

Los indicadores declinantes que explican la ofensiva de Moreno

Maximiliano Montenegro
Para LA NACION

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Jueves 20 de mayo de 2010 | Publicado en edición impresa

La caída del superávit comercial (la diferencia entre exportaciones e importaciones) lanzó, otra vez, a la carga a Guillermo Moreno. "El superávit se achica, hay que cuidarlo", reconocen en el Ministerio de Economía. Y dicen que la torpeza del secretario de Comercio Interior magnificó el impacto de las trabas a las importaciones de alimentos. La luz de alerta no se encendió por la compra de alimentos, sino por el resto de la balanza comercial.

Según el Indec, durante el primer trimestre de este año el superávit comercial fue de 2133 millones de dólares, 41 por ciento menos que en igual período del año pasado (US$ 3605 millones).

Durante ese período, las exportaciones crecieron al 11 por ciento interanual, mientras que las importaciones aumentaron 33 por ciento, (con un salto de 52 por ciento en marzo), impulsadas por la reactivación.

Además, se agrandó el histórico déficit bilateral con Brasil, mientras que el saldo con China, favorable para el país en los últimos años, también empezó a titilar en rojo: de un superávit de 505 millones de dólares se pasó a un déficit de 26 millones. Entre enero y marzo, las exportaciones a China cayeron 41 por ciento, golpeadas en parte por el paro en el puerto de Rosario que demoró envíos de soja y derivados; en tanto, las importaciones ¡aumentaron 55 por ciento!

Mañana, el Indec difundirá los datos de la balanza comercial de abril. Las cifras preliminares de la Aduana confirman la tendencia. Según cálculos de la consultora abeceb.com, el mes pasado las exportaciones repuntaron un 20 por ciento, pero las importaciones crecieron más del 40 por ciento. Así, el superávit del mes se reduciría (alrededor del 10%) respecto de abril de 2009.

Pasando en limpio, durante el primer cuatrimestre, el superávit comercial se achicó un 30% en relación con igual período del año pasado.

Para este año, la estimación oficial hablaba de un saldo comercial anual positivo del orden de los 16.000 millones de dólares, algo inferior al récord del año pasado. Si continuara la tendencia del primer cuatrimestre sólo arañaría los US$ 11.000 millones.

Las importaciones que más crecen son "bienes intermedios" y "piezas y accesorios para bienes de capital". En el primer cuatrimestre, el ranking de importaciones fue liderado por "automóviles para turismo", "aparatos eléctricos de telefonía", "autopartes", "aceites de petróleo destilados", "camiones y camionetas", "medicamentos", "computadoras", "vacunas y sueros", "gas de petróleo" y "minerales de hierro".

No se entiende todavía el zafarrancho que armó Moreno con los alimentos, un sector en el que las exportaciones multiplican por 20 las importaciones, y la Argentina tiene todo para perder si, como retaliación, se cierran mercados en el exterior.

Pero en Economía defienden las andanzas del secretario de Comercio Interior al promover medidas antidumping contra importaciones chinas, licencias no automáticas contra las brasileñas o al exigir "balanza de divisas" equilibrada a las grandes empresas.

La base del modelo

El excedente del balance comercial es la piedra basal del "modelo" actual. Una oferta abundante de divisas por la ventanilla comercial garantiza la estabilidad cambiaria, aun en tiempos de fuga de capitales por la ventanilla financiera, como ocurre -en mayor o menor medida-desde mediados de 2007. Es clave en un país en el que la cotización del dólar se consulta con más ansiedad que el pronóstico meteorológico.

El problema es que con el acceso al financiamiento externo cerrado y la inversión extranjera en retirada, el comercio exterior quedó como la única fuente de dólares para abastecer una demanda recargada por la huida de capitales, el pago de importaciones, la transferencia de utilidades al exterior y la cancelación de vencimientos de deuda.

Salvo las divisas que ingresan los exportadores, lo usual en estos tiempos es que los dólares financieros vuelen a otros horizontes.

Durante el primer trimestre del año, el giro de utilidades al exterior de las multinacionales radicadas en el país -que en 2009 alcanzó un récord- aumentó 73 por ciento en relación con igual período del año pasado.

Y después de un cuarto trimestre de 2009 tranquilo, este año regresó también la fuga de capitales: a razón de US$ 1000 millones mensuales -con un pico en febrero, durante la crisis de las reservas-, salieron del circuito económico a cuentas en el exterior, al "colchón" o a cajas de seguridad.

La cosecha récord de soja, el sostenimiento del precio internacional del poroto y la expansión de la economía brasileña son vientos que soplan a favor de las exportaciones.

Con la crisis financiera griega como telón de fondo, habrá que seguir de cerca la paridad cambiaria en Brasil. Si el real se devalúa -como sucedió en las últimas semanas-, la Argentina perderá competitividad frente al mayor socio del Mercosur, donde los cortocircuitos comerciales son cada vez más frecuentes. Tampoco ayuda que el euro se deprecie frente al dólar, porque encarece las exportaciones a Europa y abarata las importaciones de ese origen.

Sin embargo, hay otros factores de mayor peso que emergen peligrosamente. El combo "régimen de alta inflación, política fiscal expansiva en plena reactivación y ancla cambiaria como única herramienta antiinflacionaria" es la principal amenaza contra el superávit de las cuentas externas.

Con 25 por ciento de inflación y el dólar clavado para evitar desbordes adicionales de precios, el atraso cambiario se acumula rápido. Los precios suben por el ascensor, en dólares. Las paritarias se negocian con expectativas inflacionarias en alza y convalidan aumentos salariales también en dólares.

Producción más cara

El resultado es que la producción argentina se encarece frente a la competencia extranjera. La capacidad del "modelo" para generar su propia lluvia de dólares se debilita.

"Las estimaciones para 2011 muestran que, de no revertirse la tendencia, la Argentina podría tener en 2011 su primer déficit de cuenta corriente (saldo comercial -incluido turismo y servicios reales- menos el pago de intereses de la deuda externa) desde 2001, al pasar de un superávit del orden de 1,5 por ciento del PBI para 2010 a un rojo de 1 por ciento en 2011", dice la consultora Analytica.

La escasez de divisas en el año electoral podría cubrirse sin dificultades con reservas del Banco Central, de no agudizarse la desconfianza y la fuga de capitales, claro. O incluso con endeudamiento externo, si resultara exitoso el canje con los holdouts y mejoraran en el futuro las condiciones financieras.

Pero la película de los noventa ya demostró que en la Argentina esa fórmula no es sustentable.

La buena noticia es que hay "colchón de competitividad" suficiente para acumular atraso cambiario hasta diciembre de 2011. La mala es que, de no hacerse nada antes, será otra bomba a desactivar para el próximo gobierno.

domingo, 16 de mayo de 2010

Europa ooopa-la-lá

HUMOR POLÍTICO

Europa ooopa-la-lá

Por: Alejandro Borensztein
Fuente: Arq y productor de TV

Las mujeres, como el poder, van y vienen. Hoy, la Compañera Jefa llega a Europa y usted hizo muy bien en no dejarla ir sola. Por eso entiendo, Compañero Jefe, que esta vez me haya pedido que me quede para ayudar a enfrentar a la maldita oposición, y a combatir a la banda de mafiosos que escriben y dibujan en este diario. No se imagina las cosas que yo veo acá adentro cada vez que vengo a visitarlos. Se hacen señas raras, hablan en clave (ya les descubrí el código). Por ejemplo, ayer una secretaria atendió el teléfono y dijo "Yook red nav átse ne le ñoba" (que al revés quiere decir "Van der Kooy está en el baño"). Créame, esto es una cueva de conspiradores. Por suerte el Compañero Aníbal, que es una luz, se dio cuenta de todo. El dibujo de La Nelly demostró que acá están todos obsesionados con los K. Analice los apellidos y va a ver que son todos falsos y llevan la letra K. Mire: Kirschbaum, Van der Kooy, Julio BlancK, entre otros. El primero se arma con K + irsch (cereza) + baum (árbol), o sea que en alemán quiere decir "vamos a colgar de un cerezo a los K". Van der Kooy quiere decir: hooy van a ver lo que les espera a los K. El más clarito es Julio BlancK, que significa "los K son el Blanco" (lo de Julio es por De Vido, obviamente). La gente comenta que el Compañero Aníbal es un fantasioso y ve historietas por todos lados. Mentira. Es un león olfateando conspiradores. Si lo ve por ahí, pídale que consiga un poco de Kriptonita. Estuve averiguando y ya descubrí que Hermenegildo Sábat, en realidad, es Kal-El.

Volviendo al tema, me pareció una buena idea aprovechar el viaje de la Jefa para mandarles a los europeos una carta de apoyo por la crisis que atraviesan.

Teniendo en cuenta que para los vínculos internacionales usted es medio torpe (con todo respeto), me ofrezco para ayudarlo a escribir la carta. A propósito, ahora que presidimos la Unasur, deberíamos hacer un cursito acelerado de diplomacia. Ya nos peleamos con Uruguay, le cortamos el gas a los chilenos, le paramos la entrada de productos a Brasil, le chupamos las medias a Chávez, maltratamos a Obama, a China y a España. En fin, si no paramos un poquito, en cualquier momento, los presidentes sudamericanos nos echan a la mierda. Por eso, seamos cautelosos. Vamos con la carta:

Querida Comunidad Europea:

Por la presente queremos hacerles llegar nuestra profunda preocupación y solidaridad por los dramáticos momentos que atraviesa la economía europea. (Jefe, le corté la parte donde usted decía: "Ahora, chupate esta mandarina"). Lamentamos profundamente que deban gastar 750.000 millones de euros. Es una pena que los pueblos europeos deban hacer semejante esfuerzo. (No jefe, no da para decirles: "Jódanse por no haber aceptado en el 2005 el canje de deuda argentina").

En estos días, el ministro Boudou les acercará una nueva propuesta de canje de deuda, lo que les permitirá a ustedes cobrar algo, y a nosotros colaborar con vuestra lamentable situación (si prefiere, le ponemos: "O agarran esto o no van a ver un sope nunca más"). Nosotros tenemos mucha experiencia en este tipo de situaciones y podemos acercar sugerencias. Lo más importante es cuidar el sistema bancario y evitar que la población corra a sacar la plata de los bancos (shhh, no les digamos nada del corralito. Ya es tarde).

También le sugerimos a toda la dirigencia política europea que redoble su esfuerzo y se comprometa profundamente con la situación. De ese modo, tarde o temprano, recibirán el cálido clamor popular (¿y si les mandamos un CD con el tema aquel de "Que se vayan todos?").

A los principales líderes de cada país, les recomendamos absoluta dedicación a sus funciones, como ocurre en la Argentina. Sin ir más lejos, esta semana nuestro vicepresidente, el ex Compañero Cobos, le pidió al ex presidente Compañero Néstor Kirchner de Fernández que renuncie a su banca de diputado y se dedique full time a presidir la Unasur, cosa que seguramente va a suceder por dos razones: primero, el Dr. Kirchner siempre respetó la opinión de Cobos, y segundo, el vicepresidente Cobos es toda una autoridad para hablar sobre la incompatibilidad de funciones (¿hace falta que les expliquemos que el tipo es un caradura?).

Ponemos a disposición de ustedes, a nuestros expertos en crisis (aprovechemos y nos sacamos de encima a Duhalde) y estaríamos gustosos de recibir dirigentes de vuestras latitudes (pidamos un par de opositores que en eso venimos flojitos, y algún Jefe de Gobierno de la Ciudad, porque el que tenemos, entre que el tipo es medio chambón y usted que anda como chanchos con Oyarbide, creo que mucho no nos va a durar). También podemos enviarles algún especialista en comercio internacional y manejo de divisas (¿a Uberti ya lo podemos mandar o todavía lo necesitamos para algo más?).

Las crisis son siempre una gran oportunidad y deberían aprovecharla para replantearse la conformación de la Comunidad Europea. Ahora los alemanes, los belgas y los daneses tendrán que pagar por la dolce vita que se dieron los griegos, los españoles y los portugueses. Eso les pasa por mezclar países ricos con países pobres. Deberían aprender de la Unasur, que anda fenómeno. Somos todos pobres.

No permitan que los medios transmitan el miedo, y si es necesario no duden en combatirlos (a propósito, Jefe, muy buena esta nueva idea de querer sacarle las carreras de auto a Carburando, después de 50 años de éxito. Vamos por el "Automovilismo para todos". Lástima que ya no está Tito Lectoure, que tenía el monopolio del boxeo y de los campeones del mundo -Pascualito Perez, Nicolino, Monzón, Galindez, etc-, hubiéramos podido sacarle el Luna Park y hacer "Boxeo para todos". Es más, teniendo en cuenta que el Mozarteum tiene el monopolio de los mejores conciertos, podríamos sacárselos y hacer "Música clásica para todos". Y le digo más, en el bar "La Rambla" hacen el mejor sándwich de lomo. Vamos por el "Lomito para todos". Y en la panadería Mondragón hacen el mejor sándwich de milanesa: "Chegusán de milanesa para todos". Y, por favor, terminemos de una vez con el monopolio de Menem: "Putas para todos", ya! Y para que no digan que todo lo que hacemos es para eternizarnos en el poder, y teniendo en cuenta que nosotros tenemos el monopolio de los negocios inmobiliarios en El Calafate, podríamos entregar ese curro y lanzar el plan "Terrenitos patagónicos para todos". Basta, sigamos).

Lamentablemente, por el momento no les vamos a poder seguir comprando los fideos italianos, ni la mostaza francesa, ni el té inglés porque estamos replanteando nuestra política de comercio exterior (Jefe, se lo pongo así porque sería imposible explicarles que Moreno no entiende que si no le compramos algo a los de afuera, nos vamos a tener que meter la soja y los bifes de chorizo en el toor. Yo por las dudas, me armé un stock de fusilli y spaghettis De Cecco. Compré lo suficiente para tener hasta que se termine el kirchnerismo. Creo que, como viene la mano, con dos o tres paquetes, estoy hecho. Ja, ja. Bueno, no se me enoje, fue un chistecito mafioso).

Finalmente, les queremos hacer llegar la solidaridad de todo el pueblo argentino por este angustiante momento que están viviendo. Estamos tan preocupados como estaban ustedes con nuestra crisis del 2001. Es más, aquí no se habla de otra cosa. Ni nos acordamos del Mundial.

Quedamos a disposición para cualquier consulta y hacemos sinceros votos para que estos planes de ajuste que están anunciando les funcionen. A propósito, ¿en Europa, se consiguen cacerolas?

Saludamos muy atte. Besitos para todos.

La Argentina

(Jefe, ¿le parece bien así o rematamos con una frase del tipo: "¿Qué te pasha Europa, estás nerviosha?"). Europa ooopa-la-lá